Una película que estaba en todos lados sin haberse estrenado. Las primeras imágenes en redes sociales desde Nueva York, looks viralizados en Instagram, Meryl Streep haciendo apariciones como Miranda en la Fashion Week, la portada de Vogue junto con Anna Wintour… y en está última semana las premieres, alfombras rojas y eventos alrededor del mundo, incluyendo Argentina.
No hay dudas de que es uno de los estrenos más esperados del año. Y es así por lo que significa en nuestra cultura la primera película y por lo que representa volver a ese universo, a esos personajes y a esa forma de entender la moda, el trabajo y el poder.
Hay algo que “The Devil Wears Prada 2” hace bien desde el comienzo: ubicar la historia en el presente. Y es un presente reconocible con la crisis del periodismo, el recorte de presupuestos, la fragilidad de las revistas frente a nuevas formas de consumo. Todo eso aparece con claridad como motor del conflicto.
Se lo ve en escenas donde la película logra dar muy bien en el punto. Una de las más claras —y divertidas— es la del avión, cuando los personajes viajan en clase turista. La incomodidad, el contraste con lo que ese universo supo ser, y, sobre todo, ver a Miranda Priestly en una situación que antes hubiera sido impensada, están muy bien trabajados.
Escenas como esa muestran que la película, por momentos, entiende cómo construir sentido desde una situación concreta. Pero son excepciones. Porque si hay algo que definía a “The Devil Wears Prada” era su precisión. No había exceso ni explicación de más. Una mirada —la de Miranda recorriendo a Andy de arriba a abajo— alcanzaba para construir una escena completa. Jerarquía, incomodidad, poder.
En esta nueva versión, ese lenguaje desaparece. Los personajes hablan, explican y subrayan. Los chistes se dicen en voz alta. Las tensiones se vuelven explícitas. Y en ese cambio, la película pierde algo fundamental: la confianza en el espectador.
No es un problema de historia porque la premisa es buena. Además, la evolución de Miranda —obligada a adaptarse a un mundo donde ya no tiene el control absoluto— está bien construida.
El desarrollo de Emily, en cambio, aparece desde otro lugar. Más endurecida y estratégica, con una trayectoria que ya la posiciona dentro de la industria —su paso por Dior funciona como señal de eso—, por momentos se acerca incluso a un rol más antagonista, siendo uno de los puntos de giro más interesantes de la historia.
Sin embargo, Andy se mantiene más cercana a su versión original. Funciona, pero no crece demasiado. Y algunas líneas narrativas, como su historia amorosa, quedan a medio camino. No por falta de tiempo, sino por falta de profundidad. En la primera película, incluso sus dos vínculos amorosos lograron desarrollarse con pocas escenas pero con sentido. Acá aparecen, pero no terminas de conectar.
En este film todo está planteado pero no todo está desarrollado cómo en la original. Y ese mismo desajuste se vuelve todavía más evidente en la moda, el punto más fuerte de este clásico.
En la primera película, el diseño de vestuario, a cargo de Patricia Field, era parte del relato. Y no es un dato menor: en esta nueva versión, Field ya no está al frente, y ese cambio se percibe.
Patricia Field también fue la mente detrás del vestuario de “Sex and the City”, una de las series que definió la estética de fines de los 90 y principios de los 2000. Su forma de construir personajes a través de la ropa —arriesgada, exagerada, pero siempre precisa— terminó marcando toda una era. No solo vestía, creaba imágenes que quedaban y te hacía conocer un personaje solo por su vestuario.
Fields creó momentos que trascendieron la pantalla y se volvieron referencia cultural. Las famosas botas Chanel de Andy en la primera película no eran solo un calzado, son un código compartido. Por eso, cuando ese lenguaje desaparece, no se pierde solo estilo, se pierde una forma de contar que hace que las escenas perduren en el tiempo.
Hay looks que funcionan en esta nueva versión —sobre todo en las escenas en Milán Fashion Week, que recuperan algo del pulso original—, pero no hay ninguno que se imponga. Ninguno que se recuerde al salir del cine. Ninguno que uno pueda reconstruir mentalmente sin esfuerzo.
A esto le sumamos decisiones que rompen el universo del personaje. Por ejemplo en algunas prendas que Miranda no usaría o referencias demasiado evidentes a marcas que le quitan misterio a una figura que siempre se definió por lo opuesto.
Pero quizás el punto más claro aparece en Andy. En la primera película, su transformación estaba marcada en cada detalle: la ropa, los accesorios, el pelo. Había una construcción progresiva y visible. En esta nueva versión, eso prácticamente desaparece.
Por ejemplo, Andy casi no usa accesorios en el pelo. Apenas aparecen —uno o dos, como mucho—. Tampoco hay un desarrollo claro en su peinado o en su estilo general más allá de la ropa.
Y en una película donde la imagen debería contar tanto como el diálogo, esa ausencia se sintió. La moda está pero ya no narra como en el 2006.
Algo similar ocurre con la música. La incorporación de artistas como Dua Lipa y Lady Gaga parecería una apuesta segura. Sin embargo, las canciones no logran trascender la escena.
El contraste se vuelve más evidente si se piensa en otros casos recientes. En Barbie, por ejemplo, la elección de Dua Lipa no solo acompañaba la película, sino que salía de la pantalla, se volvía pegadiza, reconocible, parte de la experiencia. Acá, en cambio, no hay una canción de las nuevas que uno probablemente quiera volver a escuchar al salir del cine, que quede asociada a la película o que la extienda más allá de la escena.
Donde sí hay un acierto claro es en la nostalgia. Los guiños a la historia original —las referencias y los pequeños recuerdos— son, probablemente, lo más efectivo de la película. Incluso aparece la idea de Andy escribiendo una biografía sobre Miranda, que remite al origen mismo de la historia y a su vínculo con la figura real de Anna Wintour.
Pero también ahí aparece una pregunta inevitable: ¿cuánto de lo que funciona pertenece realmente a esta nueva película y cuánto depende de la anterior?
La sensación recuerda, por momentos, a lo que ocurrió con la secuela de “Sex and The City”, titulada “And Just Like That…”. Fue el reencuentro con personajes conocidos, la continuidad de un universo querido, pero con una vibra distinta. No necesariamente peor, pero sí menos filosa.
Tal vez ahí aparece algo más difícil de explicar, pero evidente al salir del cine. No es solo un problema de esta película. Es algo que se repite: las historias qué marcaron los 90 y, sobre todo, los 2000, tenían una forma de construir mundos más precisa, más confiada en lo que mostraban. Las secuelas y remakes pueden recuperar personajes, escenarios y hasta cierta estética, pero rara vez logran reconstruir lo que hacía que esos universos funcionaran en primer lugar.
“The Devil Wears Prada 2” no es la excepción. Más allá de lo que cuenta —y de lo bien que, por momentos, entiende el presente— hay algo de ese lenguaje que ya no vuelve a ser igual. ¿Es el ritmo de una época que cambió? ¿La forma en la que hoy se escriben las historias? ¿O simplemente una nostalgia que ya no se puede replicar?